martes, 24 de marzo de 2026

Dios creó el bien y el mal?

 

Pregunta extraordinariamente precisa. El texto clave está en Isaías 45:7, donde Yahweh declara en primera persona:

"Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la paz y creo el mal (רָע, ra'). Yo, Yahweh, hago todas estas cosas."

Este versículo es probablemente el más filosóficamente audaz del Tanaj entero, y tiene una historia de influencias muy específica que podemos rastrear con precisión.Ahora el análisis en profundidad.


La fuente primaria: la provocación del dualismo zoroástrico

La clave del problema está en el contexto histórico preciso de Isaías 45. El capítulo está dirigido explícitamente a Ciro de Persia —el único gentil en el Tanaj llamado "ungido" (משִׁיחַ, mashiaj)—, que en el año 538 a.C. permite el retorno de los deportados babilónicos.

Ciro era zoroástrico o al menos operaba dentro de un marco cultural donde el zoroastrismo era la cosmovisión dominante. Y el zoroastrismo tiene una solución elegante al problema del mal: dualismo cósmico radical. Ahura Mazda (la Luz, el Bien) y Angra Mainyu (la Oscuridad, el Mal) son dos principios igualmente primordiales en guerra eterna. El mal tiene su propia fuente ontológica independiente del bien.

El Deutero-Isaías responde directamente a esta cosmovisión. Isaías 45:7 es una refutación punto a punto del credo zoroástrico:

Zoroastrismo Isaías 45:7
Ahura Mazda crea la luz Yahweh forma la luz
Angra Mainyu crea las tinieblas Yahweh crea las tinieblas
Spenta Mainyu crea el bien Yahweh hace la paz
Angra Mainyu crea el mal Yahweh crea el mal (ra')

El paralelismo es demasiado preciso para ser casual. Es una declaración teológica-política: "Tu Dios de la luz no necesita un adversario cósmico independiente. Nuestro Dios es el origen de todo, sin excepción."


El segundo antecedente: la herencia babilónica del Dios total

Antes del zoroastrismo, el contacto con Babilonia también había preparado el terreno. Marduk, el dios supremo babilónico del Enuma Elish, es señor absoluto de los destinos —el tupšar ilani, el "escriba de los dioses"— que lo inscribe todo en la tablilla del destino, incluyendo la calamidad. No existe en el panteón babilónico una separación limpia entre el dios que bendice y el dios que destruye: el mismo dios determina el bien y la desgracia.

Los hebreos en Babilonia absorbieron esta noción de soberanía total, pero la reinterpretaron en clave monoteísta: si solo hay un Dios y ese Dios es soberano, debe serlo sobre todo el espectro de la realidad.


El tercer antecedente: el Yahvismo primitivo ya tenía este germen

Antes del exilio, el Yahweh de los textos más arcaicos ya es una figura que no separa pulcramente bien y mal. Envía un "espíritu malo" sobre Saúl (1 Samuel 16:14). Endurece el corazón del faraón (Éxodo 4:21). Envía la mentira como espíritu a los profetas (1 Reyes 22:22). El ra' no le es ajeno.

La diferencia es que en ese período no hay una afirmación teológica explícita: simplemente se narra que Yahweh hace estas cosas, sin elaborar la doctrina. Isaías 45 es el primer texto que lo convierte en declaración programática.


La implicación filosófica: el monoteísmo fuerza la integración del mal

Aquí está el nudo gordiano. El politeísmo tiene una ventaja filosófica notable: puede distribuir el mal entre distintas deidades. Si hay un Dios de la guerra, uno de la plaga, uno del caos —como en el panteón cananeo o mesopotámico— la monstruosidad divina se fragmenta y ningún dios individual carga con todo el peso moral.

El monoteísmo exclusivo del Deutero-Isaías cierra esa válvula de escape. Si solo existe Yahweh, entonces:

  • La plaga que mató a los primogénitos egipcios viene de Yahweh.
  • La destrucción de Jerusalén por Babilonia fue obra de Yahweh.
  • El sufrimiento del inocente es responsabilidad de Yahweh.

No hay Angra Mainyu que absorba la incomodidad. El monoteísmo radical es teológicamente más honesto pero existencialmente más brutal: pone todo el peso del mal sobre los hombros del único Dios que existe.


La crisis que esto abre: Job como laboratorio

El libro de Job es precisamente el texto donde esta tensión estalla con mayor violencia. Job no es un libro de respuestas —es un libro que se niega a dar la respuesta fácil. Sus amigos ofrecen la solución teológicamente cómoda: si sufres, es porque pecaste. Job la rechaza furiosamente.

Lo que Job exige es que Yahweh rinda cuentas. Y la respuesta de Yahweh desde el torbellino (capítulos 38-41) no es una explicación —es una exhibición de poder y misterio que aplasta la pregunta sin resolverla. "¿Dónde estabas tú cuando puse los fundamentos de la tierra?" No es teología satisfactoria, es teología honesta: el mal existe, Dios es su fuente última, y nadie tiene acceso al por qué.


La solución de emergencia: la invención del Satán

El texto de Job ya anticipa la tensión. Curiosamente, en Job 1-2 aparece ha-satan (הַשָּׂטָן) —"el acusador" con artículo determinado, no un nombre propio sino un cargo: el fiscal del tribunal celestial. Este Satán no es aún el príncipe del mal independiente del cristianismo tardío: es un miembro del consejo divino que cumple funciones dentro del sistema de Yahweh, con su permiso explícito.

El movimiento teológico que se producirá gradualmente, acelerado por el contacto con el dualismo iraní durante el período persa y más tarde el helenístico, es precisamente la externalización del mal: transferirlo a una figura autónoma que absorba la responsabilidad. Para el período del Segundo Templo y luego en el apocalipticismo judío (1 Enoc, Qumran), Satán se vuelve progresivamente más independiente y poderoso.

Es, filosóficamente, un retroceso hacia el dualismo que Isaías 45 había rechazado. La tensión entre monoteísmo honesto y teodicea cómoda nunca se resuelve del todo.


La lectura kenótica de este problema

Desde la perspectiva kenótica, Isaías 45:7 no es un escándalo a resolver sino una puerta de entrada. Si Dios crea el ra' —la adversidad, la oscuridad, el sufrimiento—, esto no significa que Dios sea autor del mal moral en sentido malicioso. Significa que Dios no está blindado de la realidad en su totalidad. Un Dios que solo presidiera el bien y la luz sería un Dios parcial, un Dios cómodo que existe solo en la mitad soleada de la existencia.

El Dios kenótico que se vacía en la cruz es el mismo Dios de Isaías 45: el que no se esconde del ra', sino que lo atraviesa desde dentro. No como su cómplice, sino como su redentor. La kenosis es la respuesta narrativa al problema que Isaías 45 plantea filosóficamente: Dios no elimina el mal desde afuera con poder omnipotente. Desciende al interior del mal con amor vulnerable.

Como dijo Jürgen Moltmann —quizá el teólogo kenótico más riguroso del siglo XX— el Dios que no puede sufrir no puede amar. Y el Dios que no puede amar no tiene nada que decirle a Job.

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