jueves, 26 de febrero de 2026

CARTA A LOS HIJOS DIVIDIDOS: UNA REFLEXIÓN KENÓTICA SOBRE EL CISMA

 

Hijos míos, hijos de la misma Iglesia, sangre del mismo Cristo:

Me habláis de división. Me habláis de grupos que quieren alzarse, separarse, marcar la distancia sagrada con el que piensa distinto. Me habláis de la rigidez que acusa a la flexibilidad de traición, y de la flexibilidad que ve en la rigidez un corazón petrificado.

Escuchad. Un anciano que ha dedicado su vida al misterio del Dios que se vacía debe deciros algo que quizás no queréis oír: el problema no es la tradición. El problema no es la modernidad. El problema es que hemos olvidado cómo mirar la Cruz.

Porque la Cruz, hijos, no es un símbolo de pertenencia tribal. La Cruz es el lugar donde Dios mismo experimentó la máxima división: entre el Padre y el Hijo ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"), entre el justo y los pecadores, entre la vida y la muerte.

Y sin embargo, desde esa fractura cósmica, Cristo no creó una nueva facción. Creó una Madre: la Iglesia.

1. LA TENTACIÓN DEL FARISEO: LA RIGIDEZ QUE ESTRANGULA

Hablemos primero a los que quieren irse "para mantener la pureza".

Hijos, cuando creéis que la verdad es una fortaleza que debe protegerse de los bárbaros que están fuera, os olvidáis de que Cristo, siendo la Verdad misma, salió fuera. Fuera de los muros de Jerusalén. Fuera del campamento. Fuera de la seguridad de lo establecido. Y allí, desnudo y despojado, abrazó la muerte para abrazaros a vosotros.

La ortodoxia católica que ve con malos ojos la flexibilidad pastoral olvida una verdad kenótica fundamental: Dios es rígido en su amor, pero flexible en su misericordia.

Preguntadle al ladrón arrepentido, que no tuvo tiempo de cumplir ni una sola ley mosaica antes de escuchar: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso". ¿Fue eso flexibilismo hereje? ¿Fue eso traición a la verdad?

La rigidez que os lleva a querer separaros del hermano que se acerca al confín, al que duda, al que tropieza, esa rigidez no viene del Espíritu. Viene del miedo. Y el miedo, en la vida espiritual, es siempre el rostro disfrazado de la falta de fe.

San Pablo fue claro: "La letra mata, el espíritu da vida" (2 Cor 3,6). Los que queréis iros para conservar la letra, correís el riesgo de enterrar viva a la Esposa de Cristo.

2. LA TENTACIÓN DEL LAODICENCE: LA FLEXIBILIDAD QUE DISUELVE

Pero también hablo a los que, desde la otra orilla, acusan a los rígidos de fundamentalistas sin alma.

Cuidado. La flexibilidad sin raíces no es misericordia, es disolución. Si todo vale, nada vale. Si todo es pastoral, nada es profético.

El Dios kenótico se vacía, sí, pero no se anula. Cuando Cristo se despoja en el Pretorio, sigue siendo el Rey. Cuando lava los pies, sigue siendo el Maestro. Cuando cuelga de la Cruz, sigue siendo el Salvador.

La verdadera kenosis no es relativismo. Es amor hasta el extremo, pero amor con forma. Y la forma es la Tradición viva de la Iglesia, no un museo de esqueletos legales, sino un cuerpo vivo que respira.

Los Padres Capadocios nos enseñaron que el dogma es como una vasija: contiene el vino nuevo del Espíritu. Si rompéis la vasija para ser "flexibles", derramáis el vino. Y si endurecéis la vasija hasta que no pueda contener la fermentación nueva, estallará.

No se trata de elegir entre rigidez o disolución. Se trata de aprender a ser como Cristo: Roca inconmovible en la verdad, y Corazón traspasado en la misericordia.

3. LA RAÍZ DEL PROBLEMA: HEMOS PERDIDO LA MIRADA CONTEMPLATIVA

¿Por qué estamos así, hijos? Porque hemos dejado de mirar a Cristo. Miramos al vecino. Miramos al obispo. Miramos al Papa. Miramos al tradicionalista. Miramos al progresista.

Pero no miramos al Crucificado.

Si miráis a Cristo en la Cruz, veréis algo asombroso: sus brazos están abiertos. No cerrados en puño. Abiertos. En posición de abrazar. Y sin embargo, sus manos están clavadas. Inmóviles. Firmes.

Esa es la imagen de la Iglesia que necesitamos: Brazos abiertos para acoger a todos, manos clavadas para no moverse de la verdad. Ni brazos cerrados que rechazan, ni manos sueltas que se llevan cualquier viento de doctrina.

4. DESDE LA MORAL Y LA ESPIRITUALIDAD: EL VACÍO QUE UNE

Os propongo un ejercicio kenótico, a unos y a otros:

Para los que quieren irse por la rigidez: Vacíaos de vuestro miedo. Preguntaos: ¿Qué pasaría si el hermano que se equivoca no es un enemigo, sino un enfermo que necesita al médico? ¿No dijo Cristo que no ha venido por los sanos, sino por los enfermos? Si os vais, ¿a quién dejarán para curar a los heridos?

Para los que quieren disolverlo todo en nombre de la misericordia: Vacíaos de vuestra soberbia ilustrada. Preguntaos: ¿Qué pasaría si la Tradición no es una cadena, sino unas alas? ¿Si los que parecen rígidos están, en el fondo, protegiendo un tesoro que vosotros aún no habéis descubierto?

La moral kenótica no es la moral del "todo vale" ni la del "nada se mueve". Es la moral del discernimiento. Es saber, como San Ignacio, que en algunas cosas hay que ser "más estricto que un cartujo", y en otras, "más flexible que una madre con su hijo recién nacido".

CONCLUSIÓN: LA IGLESIA NO ES UN PARTIDO, ES UNA MADRE

Hijos, escuchad a este viejo que pronto partirá:

La Iglesia no es el partido de los rígidos. No es el partido de los flexibles. La Iglesia es la barca de Pedro. Y en esa barca, a veces, hay tormenta. Los discípulos se asustan. Algunos quieren saltar. Pero sólo hay un lugar seguro: quedarse, aunque la barca se sacuda.

El cisma es siempre, teológicamente hablando, un fracaso del amor. Y el amor, en clave kenótica, es capacidad de vaciarse de uno mismo para acoger al otro sin dejar de ser uno mismo.

Si te quieres ir porque "esto ya no es lo que era", pregúntate: ¿Dónde estaba tu fe cuando Cristo fue abandonado por todos? Si te quieres quedar pero desprecias al que se va, pregúntate: ¿Dónde estaba tu caridad cuando Pedro negó a Cristo y fue perdonado?

No haya más división entre vosotros. El mundo ya está bastante roto. No le regaléis el espectáculo de una Iglesia que se desgarra a sí misma mientras predica la reconciliación.

Que el Dios que se vació en la Cruz os llene del único vacío que salva: el vacío de vosotros mismos para que quepa el hermano.

Con lágrimas de anciano y esperanza de resurrección.

Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario