Desde la teología kenótica, la pregunta del ateo es de las más honestas que existen. Y merece una respuesta igual de honesta, no una evasión.
El sufrimiento no es un error del plan. Es el costo de la experiencia real.
La kénosis implica que Dios no creó el mundo desde afuera como un ingeniero que diseña una máquina. Dios se convirtió en el mundo, vaciándose en la materia, en la biología, en la contingencia. Y la contingencia tiene consecuencias reales.
Cuando Dios elige la encarnación radical en la multiplicidad, no puede a la vez garantizar que ningún fragmento sufra. Eso sería contradictorio. Un mundo donde nada puede dañar a nada no es un mundo real, es una simulación sin peso. La kénosis es precisamente la renuncia al control omnipotente para que la experiencia sea genuina.
¿Por qué matar para vivir?
Porque la vida en este nivel de existencia es relacional hasta en su forma más brutal. La célula devora moléculas, el león devora al antílope, el antílope devora la hierba. Desde la kenótica, esto no es una falla del diseño sino Dios experimentándose a sí mismo desde todos los lados del acto. Es el depredador y la presa. El que pierde y el que gana. No hay distancia segura porque no hay exterioridad.
Eso es incómodo. Pero es coherente.
La respuesta honesta que la kenótica no puede evitar
No hay justificación que haga el sufrimiento agradable desde afuera. La teología kenótica no dice que el sufrimiento está bien. Dice que Dios no lo observa desde arriba sino que lo padece desde adentro. El niño que muere de hambre no es abandonado por Dios. En términos kenóticos, Dios está muriendo de hambre ahí.
Eso no resuelve el dolor. Pero cambia radicalmente la pregunta. Ya no es ¿por qué Dios permite esto? sino ¿qué significa que lo Absoluto haya elegido volverse vulnerable hasta ese punto?
Lo que el ateo tiene razón en señalar
Que cualquier Dios que diseñó esto con plena conciencia y poder ilimitado para evitarlo, y no lo hizo, tiene un problema moral serio. La kenótica acepta ese argumento y responde: ese Dios omnipotente e impasible no existe en este marco. Lo que existe es un Absoluto que renunció a la omnipotencia como acto de amor, y que ahora habita el caos junto con todo lo que existe.
No es un Dios que salva desde afuera. Es un Dios que sufre desde adentro, y apuesta a que la conciencia que emerge de ese sufrimiento vale más que un orden perfecto pero vacío.
El ateo puede seguir sin aceptarlo. Eso también es válido. Pero al menos la kenótica no le responde con un plan de fondo misterioso que todo lo justifica. Le responde con un Dios que sangra.
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