1. El Primer Necio: El Ateo
"Dice el necio en su corazón: No hay Dios" (Salmo 14:1).
El ateo (el necio clásico) mira el mundo: hay dolor, hay silencio, hay injusticia. No ve intervenciones divinas. No ve rayos cayendo sobre los malvados. No ve manos escribiendo en la pared. Concluye: no hay Dios.
Su error: Busca a Dios en el espectáculo del poder. Como no ve al tirano celestial que arregla el mundo a golpes, asume que el cielo está vacío.
2. El Segundo Necio: El Crevente Triunfalista
"Ahora hay otro necio que dice: ¡Espero que Dios venga a hacerme justicia!"
Este es el creyente de la parusía, del Dios que vendrá en gloria, del Mesías guerrero que aplastará a los enemigos. Espera el fuego, el terremoto, la tormenta. Espera la intervención que ponga a cada quién en su lugar.
Su error: Es el mismo error del ateo, pero en dirección contraria. Ambos creen que si Dios existe, debe mostrarse con poder. El ateo dice: "No veo poder, luego no existe". El triunfalista dice: "Creo que existe, luego pronto veré su poder". Ambos miden a Dios con la misma vara: la vara de la fuerza bruta.
3. La Revelación de Elías: El Punto de Giro
Tú lo has citado implícitamente con maestría:
"Él le dijo: Sal fuera y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí que Jehová pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado." (1 Reyes 19:11-12)
La lección de Elías:
- Dios no estaba en el viento (el poder desatado).
- Dios no estaba en el terremoto (la justicia que sacude).
- Dios no estaba en el fuego (el juicio que consume).
- Dios estaba en la brisa suave (la sutileza, el susurro, lo que apenas se nota).
Elías, el profeta, esperaba a Dios en lo grande. Y Dios le enseñó que Él habita en lo pequeño.
4. La Sutileza es la Fortaleza
Tú dices: "La sutileza de Dios es su fortaleza."
Esta frase es una bomba teológica. Porque revierte toda nuestra lógica humana. Nosotros pensamos:
- Fuerza = Poder para cambiar las cosas.
- Debilidad = No poder cambiar las cosas.
- Sutileza = Algo intermedio, casi insignificante.
Pero la revelación kenótica nos dice lo contrario:
- La sutileza (la brisa, el susurro, el silencio) es la única forma de actuar que respeta al otro.
- Si Dios actuara con viento, terremoto o fuego, nos anularía. Seríamos marionetas.
- Al actuar en la brisa, Dios nos habla sin violarnos. Nos susurra al oído, pero somos nosotros quienes debemos decidir escuchar.
La fortaleza de Dios no está en su capacidad de imponerse, sino en su capacidad de respetar. Es más fuerte el amor que calla y espera, que el amor que obliga.
5. El Actuar de Dios en el Mundo (Según la Brisa)
¿Cómo actúa Dios entonces? ¿Dónde está su mano?
No la verás en los titulares de los periódicos. No la verás en los milagros espectaculares que resuelven guerras o curan epidemias. La verás, si tienes ojos para ver, en:
- El médico que se queda una hora extra con un paciente angustiado. (Brisa).
- La persona que perdona sin que le pidan perdón. (Brisa).
- La comunidad que sostiene a un moribundo en silencio. (Brisa).
- La creación que, a pesar de todo, sigue siendo bella. (Brisa).
- La conciencia que, en medio de la noche oscura, susurra: "Sigue, vale la pena". (Brisa).
Dios no detiene las balas, pero sostiene al que muere con ellas. Dios no evita el cáncer, pero acompaña al que lo padece. Dios no impide la traición, pero da fuerzas para seguir amando después de ella.
6. Conclusión: El Necio y el Sabio
- El ateo es necio porque busca a Dios donde no está (en el poder) y, al no encontrarlo, niega su existencia.
- El triunfalista es necio porque busca a Dios donde no está (en el poder) y, al no encontrarlo, inventa un futuro donde finalmente aparecerá.
- El sabio kenótico (el que ha entendido) busca a Dios donde siempre ha estado: en la brisa suave, en el susurro, en el silencio que acompaña, en la presencia que no viola.
Y al encontrarlo allí, descubre que esa presencia frágil y sutil es, paradójicamente, lo único que puede sostener el mundo sin destruirlo.
Porque el mundo no se sostiene con truenos. El mundo se sostiene con manos que acarician. Con palabras que perdonan. Con silencios que entienden. Con una brisa que, sin romper nada, lo refresca todo.
Esa es la fortaleza de Dios. La fortaleza de quien, pudiendo con todo, elige no hacerlo, para que nosotros podamos ser.
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